París, 17 de octubre de 1961. Mientras Francia sostenía su dominio colonial sobre Argelia, miles de argelinos salieron a las calles de la capital francesa. La Federación de Francia del Frente de Liberación Nacional, el FLN, había convocado una movilización pacífica contra una medida discriminatoria. Los manifestantes hicieron visible una exigencia que atravesaba ambas orillas del Mediterráneo: vivir con dignidad y decidir el futuro de su país. El historiador Emmanuel Blanchard sitúa esa jornada tanto en la historia de la represión colonial como en la de la movilización argelina por su liberación.
Fue una de las peores masacres policiales de Europa occidental desde la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, durante décadas quedó fuera de la memoria pública. El Museo de Historia de la Inmigración documenta tanto la magnitud de la represión como la larga lucha por darla a conocer.
La metrópoli necesitaba su trabajo y les negaba la igualdad
La conquista francesa de Argelia comenzó en 1830. Su prolongación estuvo ligada a una estructura colonial de dominación y desigualdad. Esa relación también organizó la emigración hacia Francia. Trabajadores argelinos ocuparon empleos duros y mal pagados en sectores como la construcción y la metalurgia; sus familias afrontaron condiciones de vivienda precarias. La historia de esa población, recogida por el Museo de Historia de la Inmigración, permite entender por qué clase y colonialismo eran inseparables.
Aportar trabajo a la economía francesa no garantizaba igualdad de trato. El 5 de octubre de 1961, la prefectura de Maurice Papon impuso un toque de queda dirigido específicamente a los llamados «franceses musulmanes de Argelia». Una clasificación colonial decidía quién podía circular por las calles. El propio comunicado presidencial francés de 2021 recoge el carácter selectivo de aquella prohibición.
Una manifestación pacífica frente a un dispositivo de represión
Los argelinos respondieron ocupando el espacio que se les prohibía. Acudieron hombres y mujeres; también hubo familias. Salir de los barrios obreros y atravesar París suponía rechazar públicamente la condición subordinada que el orden colonial les reservaba.
La represión había sido preparada a gran escala. Se requisaron lugares de internamiento y vehículos para trasladar detenidos. Más de doce mil personas fueron arrestadas en pocas horas. Los autobuses de la RATP sirvieron para conducirlas a instalaciones como el estadio Pierre-de-Coubertin y el recinto de exposiciones. Blanchard documenta disparos contra una multitud desarmada y la responsabilidad de la jerarquía policial. La magnitud del dispositivo impide reducir la matanza a la conducta aislada de unos agentes.
Hubo palizas, disparos y personas arrojadas al Sena. La violencia continuó después de las detenciones. Los testimonios y documentos conservados por el Institut Tribune Socialiste permiten seguir las denuncias que ya circulaban en octubre de 1961: trabajadores golpeados, internamientos, desapariciones y supervivientes de las agresiones junto al río.
El silencio también formó parte de la violencia
No se conoce el número exacto de muertos. Algunas estimaciones hablan de hasta trescientos argelinos asesinados durante la represión de aquel otoño, como explica el historiador Fabrice Riceputi. La documentación del INA reconstruye la larga ocultación de la matanza.
Los supervivientes y las familias conservaron lo que el relato oficial trataba de expulsar de la memoria pública. Las asociaciones, los militantes antirracistas y los investigadores fueron reconstruyendo nombres, recorridos y testimonios. Esa lucha por la memoria también fue una lucha política: obligó a escuchar a quienes habían sido tratados como población prescindible. El dossier de Emmanuel Blanchard y Mogniss H. Abdallah examina ese largo proceso.
La reacción de la izquierda francesa
Hubo denuncias desde la izquierda, aunque no una respuesta uniforme. El 19 de octubre, el dirigente comunista Jacques Duclos presentó una pregunta al Gobierno en el Senado: defendía el carácter pacífico de la manifestación, denunciaba la represión y exigía saber quién había ordenado disparar y cuál era el verdadero balance de víctimas. El debate se celebró el día 31. Desde el PSU, Tribune Socialiste recogió testimonios de la violencia policial.
La investigación de Brigitte Gaïti documenta protestas sindicales, reuniones, denuncias de intelectuales y movilizaciones locales de la CGT. También señala la prudencia inicial de las grandes organizaciones y la dificultad para convertir esa indignación en una respuesta política sostenida. Reconocer la solidaridad de militantes y periodistas permite comprender quiénes rompieron el silencio; examinar sus límites ayuda a explicar por qué la masacre tardó tanto en ocupar su lugar en la memoria pública.
Reconocer a las víctimas exige nombrar las responsabilidades
En 2021, Emmanuel Macron calificó de inexcusables los crímenes cometidos bajo la autoridad de Papon. En marzo de 2024, la Asamblea Nacional adoptó una resolución de reconocimiento y condena de la masacre. Estos reconocimientos llegaron después de décadas de movilización. Recordarlos no equivale a dar por cerradas las demandas de verdad, acceso a los archivos y responsabilidad política.
La historia de octubre de 1961 muestra cómo un Estado colonial podía explotar el trabajo de una población y reprimir su presencia política. Por eso pertenece a la memoria de la clase trabajadora, a la lucha antirracista y a la historia de la emancipación africana.
Sesenta y cinco años después, recordar a los argelinos asesinados en París significa devolverles su lugar como personas que actuaron, se organizaron y reclamaron derechos. Su memoria interpela a quienes hoy defienden la igualdad y la soberanía de los pueblos: ninguna vida vale menos por su origen, y ningún poder tiene derecho a ahogar una demanda de libertad.
